Llegué a Medellín hace un poco más de cinco años con una decisión tomada: dedicarme de lleno a trabajar en la industria de la música desde el backstage, desde ese lugar donde no hay tarimas ni aplausos, pero sí contratos, estrategias, errores y aprendizajes reales. En ese momento intuía que Medellín tenía algo especial, pero nunca imaginé la velocidad ni la magnitud del crecimiento que iba a presenciar en tan poco tiempo.
Hoy miro ese recorrido con una mezcla de orgullo y asombro. Orgullo por ver una ciudad que entendió que la música no era solo expresión cultural, sino una industria posible, y asombro porque el crecimiento ha sido exponencial, sostenido y cada vez más visible a nivel global. Medellín ya no es una promesa: es un actor activo dentro del mapa musical latinoamericano.
Pero ese mismo crecimiento trae una responsabilidad enorme. Cuando una industria crece tan rápido, el verdadero riesgo no es que se frene, sino que se fragmente. Y si algo tengo claro después de estos años es que escalar solo será posible desde una visión conjunta, desde la creación de sinergias reales entre artistas, empresarios, managers, instituciones y mercados aliados.
Medellín hoy no solo exporta canciones; exporta narrativas, equipos y procesos. El mundo entero reconoce el impacto de artistas como J Balvin y Karol G, pero lo verdaderamente relevante es que ya no están solos. Desde esta ciudad, una generación completa de artistas colombianos ocupa hoy lugares privilegiados en los rankings globales y, particularmente, en el Top 200 de las plataformas digitales.”
Nombres como Maluma, Feid, Ryan Castro, Blessd, Manuel Turizo, Luis Alfonso, y muy especialmente Kris R, nuestro cliente y una de las revelaciones más claras y contundentes de la escena actual, confirman que lo que pasa en Medellín no es casualidad. Es volumen, constancia y profesionalización.
Este fenómeno no se explica únicamente por el talento individual. Se explica porque, poco a poco, la ciudad entendió que el éxito no se improvisa. Que detrás de cada artista hay equipos, decisiones estratégicas, estructuras empresariales y una visión de largo plazo. Y aun así, seguimos a tiempo de hacerlo mejor.
En paralelo a este crecimiento artístico, también es justo reconocer los esfuerzos institucionales que han acompañado y potenciado el desarrollo del talento local y regional. Desde la Alcaldía de Medellín, iniciativas como Music Lab han abierto espacios reales para visibilizar, formar y proyectar artistas emergentes. Y desde la Gobernación de Antioquia, programas como La Nave, impulsados desde la Secretaría de Cultura, han entendido que el talento no solo vive en la ciudad, sino en todo el departamento.
Estos esfuerzos importan. No solo por los recursos que movilizan, sino porque envían un mensaje claro: la música es una apuesta estratégica para el desarrollo cultural y económico del territorio. Cuando lo público, lo privado y lo creativo empiezan a conversar, el ecosistema se fortalece.
En esa misma línea, uno de los cambios que más ilusión me genera es ver cómo muchos profesionales de la industria decidimos dar un paso adicional y llevar la experiencia a las aulas. No desde la teoría, sino desde la práctica. Lumen junto a Universidad EAFIT, Sonus con la Universidad Pontificia Bolivariana, y el trabajo que desde ZBO venimos desarrollando con el Instituto Tecnológico Metropolitano, nacen de una motivación común: evitar que las nuevas generaciones aprendan a las malas.
Muchos de nosotros pagamos el precio de no tener información, de firmar mal, de confiar sin estructura o de no entender a tiempo cómo funciona realmente este negocio. Ver hoy jóvenes motivados, críticos, informados y decididos a pertenecer a la industria musical desde una lógica profesional es, sin exagerar, una de las señales más sanas del momento que vive Medellín.
De cara al 2026, el mensaje es claro y directo. Este puede ser un año de crecimiento exponencial, sí, pero solo si lo asumimos con responsabilidad colectiva. Un año de más música, más artistas, más proyectos y más inversión, pero música al derecho. Música hecha con estructura, con conocimiento, con contratos claros, con equipos sólidos y con una visión que piense más allá del corto plazo.
La invitación es abierta: a artistas, empresarios, gestores, instituciones y aliados internacionales. Que el 2026 no sea solo un año de ruido, sino un año de industria. Que sigamos creciendo, pero creciendo bien. Porque cuando la música se hace al derecho, no solo suena mejor: dura más.
